HECTOR ABAD FACIOLINCE
Héctor Abad Faciolince nació en Medellín, Colombia. Allí realizó estudios —todos inconclusos— de medicina, filosofía y periodismo. Después de ser expulsado de la Universidad Pontificia Bolivariana (por un artículo irreverente contra el Papa) viajó a Italia, donde se graduó en literatura moderna. Regresó a Colombia en 1987, pero ese mismo año, después de que los paramilitares asesinaran a su padre y de recibir amenazas contra su vida, se refugió en Italia, donde fue lector de español hasta 1992. Nuevamente en Colombia, trabajó como traductor de italiano e inició su carrera de escritor. Ha publicado tres novelas: Asunto de un hidalgo disoluto (1994), Fragmentos de amor furtivo (1998) y Basura (2000), con la que obtuvo el Primer Premio Casa de América de Narrativa Innovadora; el libro de cuentos Malos pensamientos (1991); uno de viajes, Oriente empieza en El Cairo (2001), y un libro de género incierto, Tratado de culinaria para mujeres tristes (1996). Existen traducciones en inglés, italiano, alemán, portugués y griego de algunos de sus libros. Actualmente trabaja como columnista en la revista Semana de Bogotá.
EL SIGNO DE LA BOBADA
El escándalo astrológico que se ha armado en estos días alrededor de un nuevo signo del zodíaco, es una señal más de que vivimos un final de siglo invadido por tonterías supersticiosas.
Ahora algunos periódicos se deleitan en la suposición de que la astrología va a tener que cambiar. La astrología no es otra cosa que habladurías sobre los astros. Una habladuría viejísima, anterior a Cristo, y que es siempre idéntica a sí misma. Lo cual no es, como creen los astrólogos, una garantía de seriedad, sino todo lo contrario. Lo típico de las creencias que no se basan en hechos reales sino en suposiciones, es que son impermeables a la crítica.
Los astrólogos llevan siglos sin mirar al cielo. Porque ellos no están interesados en entender cómo es realmente el universo. Lo que ellos aprenden es una retórica sobre la supuesta influencia de una supuesta posición de los astros en el momento del nacimiento.
No hay astrólogos serios y astrólogos charlatanes. La astrología, toda, sin excepciones, es un pasatiempo supersticioso sin pies ni cabeza. La astrología no puede entrar en crisis porque se le recuerde que en realidad hay, por lo menos, otra constelación. Y no puede entrar en crisis pues la astrología no se basa en la observación de un universo real sino en una tradición imaginaria. Una creencia supersticiosa es impermeable a la crítica, es no falseable, sus afirmaciones no son falsas o verdaderas, son absurdas.
Y lo absurdo no entra en crisis: vive en una crisis de la que jamás sale. Discutir sobre la astrología es discutir sobre un sin sentido. El problema es que cada vez parecemos más rodeados de charlatanes e ingenuos: por un lado las personas que engañan o se engañan, y por el otro las personas que sienten cierto gusto en dejarse engañar.
Ganas de creer en algo misterioso. Ese es el signo de la bobada de los tiempos. Caídas las ideologías fuertes, resquebrajada la autoridad de las religiones, cada vez hay más rebaños y pastores dedicados a la superstición. Es triste: no los seduce el mundo como es, no les interesa indagar y tratar de explicarse los mecanismos de las maravillas reales con las que convivimos, prefieren pedalear en la bicicleta sin cadena de las supersticiones.
Por: Héctor Abad Faciolince
PREGUNTA: Según las palabras iniciales de Héctor Abad Faciolince, el motivo que originó su reflexión sobre la astrología, fue: