El Racionalismo
Quizá la conclusión más acabada del movimiento empirista fue acabar con la noción de “cosa en sí”, hasta el extremo de considerar esta noción como contradictoria (pensar-una-cosa-en-sí). Una “cosa en sí” seria algo (una cosa) no pensado por nadie. Tal cosa es una contradicción.
Desde el punto de vista de una teoría del conocimiento, la consecuencia más trascendente es reducir lo racional a lo fáctico, porque implico la negación misma de la razón.
Leibniz vio con claridad esta limitación e hizo ver la necesidad de distinguir entre verdades de hecho, que proceden de la experiencia, se fundamentan en el principio de razón suficiente y se expresan en juicios asertóricos, y las verdades de razón que son a priori, innatas (se encuentran germinalmente en cada quien) y que por esta misma razón no proceden de la experiencia. Distinción que no significa postular la existencia de un abismo entre estos dos ordenes, sino más bien de una distinción necesaria que no excluye una secuencia entre ambos, de manera tal que la búsqueda del fundamento de las verdades de hecho ha de reposar, en último término, en una causa que alberga dentro de sí la necesidad, constituyéndose por ello mismo en hecho y razón suficiente. Tal causa es Dios, en quien desaparece la distinción señalada, ya que en él no habría razones de hecho (contingentes), sino tan sólo de razón (necesarias) en virtud de su conocimiento de la serie infinita en acto de las causas. Tal seria, para nosotros el conocimiento ideal (procedente por un conocimiento de razones), el conocimiento racional. De aquí el valor del conocimiento que brindan la lógica y las matemáticas y de manera sólo analógica la física, que se ocupa de verdades de hecho.
Desde el punto de vista de la metafísica, la idea del “cogito” servirá a Leibniz de base, o sea la intuición del yo como sustancia pensante; de igual modo la distinción entre ideas claras y confusas (problemáticas). No ve claro, por el contrario, el paso de las unas a las otras. Considera necesario introducir una manera de reducir lo confuso del espacio de nuestra percepción sensible con la ayuda de las matemáticas y la lógica, hasta lograr un manejo adecuado de aquellos niveles de la experiencia que Descartes marginó por confusos. Confusos, pensará Leibniz, porque no había hasta la fecha manera de dominarlos. En este intento descubre Leibniz el “calculo infinitesimal” como instrumento para definir lo infinitamente pequeño.
De igual manera, la noción cartesiana de cuerpo como extensión, la considera Leibniz como limitada. Los cuerpos para éste no serán extensión, sino algo que tiene extensión. Los cuerpos son antes que todo fuerzas vivas; conglomerados de energía antes que formas geométricas.
Así, ayudados de estas dos nociones, la de lo infinitamente pequeño y la de fuerza viva, tenemos los elementos para entender el planteamiento de Leibniz sobre las mónadas (palabra tomada de Giordano Bruno, físico y filosofo renacentista).
Teorías de las Mónadas
¿En qué consiste una mónada? De manera negativa digamos en primera instancia que no es extensión, sino algo indivisible, que posee una unidad inmaterial. Aquello que tiene fuerza es decir, capacidad de obrar, de actuar. Energía por lo tanto. Si quisiéramos tener alguna representación de ella deberíamos hacerlo por analogía a lo que sucede con nosotros mismos, cuando nos percibimos y captamos como fuerza y energía, movimiento de un estado a otro. La mónada es por lo tanto esa capacidad de pasar de un estado a otro. En una palabra, es la sustancia.
Como propiedades de la misma podemos nombrar la unidad, la individualidad y la simplicidad. El poseer estas propiedades no significa que no puede cambiar. En efecto, la mónada está dotada de percepción (representación de lo múltiple en lo simple) y en ésta conserva sus determinaciones. Posee además apetición (tendencia a pasar de una a otra percepción); el sucederse de las percepciones, constituye justamente la apetición. Percibir y apetecer como determinaciones de la mónada constituyen la realidad metafísica del yo. Más allá del geometrismo y el mecanicismo cartesiano está la actividad de la sustancia como percepción y apetición, cuyos cambios sucesivos obedecen a una ley interna que expresa su individualidad metafísica sustancial.
Cada mónada refleja el universo, pero desde un punto de vista, el de la situación, y de manera oscura (mónadas materiales). Todas las mónadas perciben, hemos dicho, pero o todas se dan cuenta de que están percibiendo (apercepción). Tan solo aquellas que poseen apercepción y memoria, se denominan alma. Si además hay almas que tienen la capacidad de conocer las verdades de razón debemos denominarlas espíritus. Finalmente en aquella mónada en la que todas las percepciones son apercibidas, donde todas las ideas son claras, donde el universo se refleja desde todos los puntos de vista en ella, o mejor, ellas es Dios.
Dios al crear las mónadas pone en ellas la ley de la evolución interna de sus percepciones. Se da así una “armonía preestablecida” entre todas las mónadas, instaurada por Dios en la creación y cuyo fundamento no es otro que la naturaleza perfecta de Dios, presente en todas su obras. Cada mónada, siguiendo su propia ley, concurre a la armonía del universo.
Tenemos así un planteamiento metafísico, articulado sobre la base de una teoría del conocimiento de corte racionalista que proyecta en el tiempo, aunque el empirismo acentuaba el papel de la experiencia en el proceso cognoscitivo; el acento estará puesto, en el planteamiento racionalista, en el polo opuesto: la razón. Sigue por lo tanto sin solución el problema de la relación pensamiento-ser, tematizado por Descartes en su concepción de la sustancia. La filosofía de la subjetividad continua siendo: “filosofía del cogito” y quizá hasta Hegel no logre la metafísica llegar su máxima posibilidad al convertirse en lógica ontológica.
PREGUNTA: ¿Qué significa la percepción en una mónada?